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El rufián

El rufián

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(Continuación del relato "La época de las Estrellas")

(IV) El Rufián


Maleiva caminaba hacia su casa, en el distrito universitario. No se había parado a esperar a Alvar al finalizar la reunión, ni el había hecho amago de seguirla. Quizá se sentía incómodo, por la broma de mal gusto de Jerces. Ambos eran adultos, y todo este comportamiento era cosa de niños; Maleiva lo sabía perfectamente, y la irritaba. Pero había grandes abismos entre ambos, como sus familias o su rango, y, por mucho que a ella le pesara, los dos compartían la falta de sociabilidad que caracterizaba a los miembros de la Universitas. Además Alvar, a pesar de ser bastante inteligente, parecía tener bastante confusión en lo respectivo a sus sentimientos. Eso, o ella no le interesaba en absoluto.

Pensó por un momento en dirigirse hacia la mansión de sus padres, pero lo desechó. Les mandaría un despacho luego, diciéndoles que estaba bien. No tenía ninguna gana de aguantar las admoniciones de su madre, que nunca había aceptado la decisión de su hija por el metodismo, ni la preocupación de su padre, quien no aceptaba bien su independencia.

Mientras caminaba hacia la parte de viviendas de la Universitas, daba vueltas en su cabeza a todo el tema de Alvar. Al principio él había sido su Maestro, cuando nadie más quería tomar por pupila a una hija de una de las grandes familias eclesiarcales. Podía haberse negado, y que otro tomara su lugar, probablemente algún aspirante a maestro que lo haría prácticamente obligado, pero no lo hizo. Con él aprendió los secretos de los mecanismos, y en el transcurso de su aprendizaje, Alvar descubrió la tendencia de Maleiva de pensar en grande, y las posibilidades que eso ofrecía. Gracias a él, estaba a punto de ser una Maestra, dado que dominaba un arte en sí mismo. Muchos otros Maestros la requerían para parte de sus proyectos, y eso la halagaba. Buena parte de su éxito se lo debía a Alvar, que había confiado en ella.

Pero no era solo eso. Poco a poco se había formado una relación de confianza, de complicidad entre ellos. Ella conocía muchos de sus secretos, y él lo sabía casi todo sobre ella. Aún así, el hecho de ser Maestro y Pupila había estado siempre presente entre ellos. Pero pronto sería una Maestra... ¿Qué sucedería entonces?

Alvar, en sí mismo, era bastante enigmático. Normalmente los Maestros son nombrados jóvenes, y se retiran a disfrutar de sus logros a los cuarenta o cincuenta años. Aún teniendo esto en cuenta, lo normal es que nadie sea Maestro antes de los treinta años, pero Alvar lo consiguió con veintitrés. Su capacidad para solucionar problemas matemáticos, su increíble comprensión de los mecanismos y su aptitud para nuevos enfoques le valieron el puesto cuando se retiró el anterior Maestro. Cierta gente rumoreaba que su éxito se debía a que su abuelo fue hace muchos años Maestro de Relojería, y le enseñó desde muy pequeño todo lo que sabía, pero Maleiva sabía que era algo más. A pesar de todos sus defectos, Alvar tenía algo que le distinguía como un Metodista excepcional.

Mientras caminaba sumida en sus pensamientos, una neblina repentina pasó por delante de sus ojos. La nube blanca, algodonada e informe la cegó y asustó, aunque pasó en unos pocos segundos. Ya fuera de su ensueño, mientras se recuperaba del susto, escuchó unos pasos tras ella.

Al volverse vio, a un par de metros, una figura oscura. Llevaba sombrero, casaca y pantalones negros, y la cara envuelta en sombras debido a la escasa iluminación de las calles. Para Maleiva era imposible reconocer la cara del individuo. Lo que no se podía dudar eran sus intenciones: avanzaba sigilosamente tras ella, con una mano bajo su casaca, preparada indudablemente para sacar una daga.

¡Mierda! ¿Porque a mí?- Pensó. Normalmente el Universitas era seguro, pero ahora, con la repentina oscuridad, no había seguridad en ningún sitio. Se volvió de repente, enfrentándose al atracador.

En ese momento la figura oscura sacó una pistola de su camisa. Maleiva reaccionó rápidamente lanzándose hacia un lado, mientras buscaba en su cintura su propio arma. La figura, al ver el rápido movimiento de Maleiva, precipitó su tiro, y falló.

-¡Maldito bastardo! -Gritó Maleiva, mientras caía de rodillas y apuntaba con su pistola a la figura. Se escuchó un segundo estampido de pólvora y un fogonazo, que cegó momentáneamente a Maleiva. Había disparado desde una posición mala, con la pistola demasiado cerca de la cara. Casi a ciegas, se levantó torpemente, dejando caer su arma.

A los pocos segundos, mientras Maleiva se incorporaba, escuchó sonido de movimiento. Echó mano automáticamente a su estoque. Comenzaba a recuperar la visión, y pudo ver como la figura, con el torso ensangrentado, se levantaba. Sin dudarlo, empuño el estoque y cargó contra la figura. Esta se apartó torpemente, mientras desenvainaba su propio estoque.

¿Quién demonios es? No es un ladrón vulgar-Pensó-. Sin duda le he acertado, porque está herido, y estaba en el suelo. No obstante, tiene fuerzas para combatir.

Comenzó un intercambio de estocadas, en el cual ambos se trabaron rápidamente.

Si no fuera porque está herido-pensó Maleiva-, ya me habría matado. Es muy bueno.

Mientras se intercambiaban golpes, fintas, y paradas Maleiva dejó de pensar, concentrándose en el combate que ésta vez era a vida o muerte. No era extraño que una Dama de la Eclesiarquia recibiera clases de esgrima, dado que se consideraba un arte grácil, noble y adecuado para las damas, más basado en la destreza que en la fuerza. Maleiva, además, había aprendido algunos trucos sobre pelea callejera, y no se le daba mal. También era fuerte, debido a su trabajo, y todos esos factores eran lo único que ahora le separaba de una muerte segura, mientras se sucedían las estocadas.

Maleiva, cansada por la falta de sueño comenzaba a debilitarse, a pesar de la adrenalina. Por suerte para ella, la herida de su adversario surtía el mismo efecto. Se separaron los dos, simultáneamente para tomarse un respiro. La tensión del combate había agudizado los sentidos de Maleiva y pudo por primera vez ver a la cara de su enemigo. Debía de tener unos treinta años, de rostro aguileño, bien cuidado y afeitado, y su mirada era perspicaz, aunque algo desenfocada. A pesar de que una zona de su torso estaba ensangrentada, no mostraba signos de dolor. Es posible que el balazo tan solo le hubiera rozado.

-¿Quien demonios eres, y porque haces esto?- Dijo Maleiva, sabiendo sus sospechas confirmadas. Este no era un vulgar rufián.

Hubo un susurro de ropas repentino, y el atacante reanudó el combate. Maleiva, levemente sorprendida por la velocidad desplegada por su adversario, recibió una estocada en el hombro izquierdo. Una punzada de dolor recorrió su brazo, mientras se apartaba de un salto hacia atrás, levemente desequilibrada, y murmuraba una breve oración a la vez que pasaba su mano sana, aun empuñando el estoque, por encima de la herida. Inmediatamente dejó de sangrar, y el dolor cedió, aunque sabía que no podía mover el brazo, o el dolor la golpearía como un ariete. Al ver eso, su oponente sonrió, y se abalanzo sobre ella, con una estocada dirigida a su brazo bueno, totalmente indefenso por la postura en la que se encontraba.

El golpe acertó su objetivo. Una oleada de dolor recorrió su cuerpo, dejándola semiinconsciente y a merced de su adversario. Sintió como la figura se le venía encima y la tiraba al suelo, aplastándola con su peso, un instante antes de escuchar un estallido que ensordeció más sus ya embotados oídos.

Cuando recuperó el conocimiento se encontraba tumbada en medio del pavimento. Alvar estaba inclinado sobre ella, con cara de preocupación. Unos cuantos curiosos observaban la escena a distancia prudencial.

-No te muevas, Maleiva-Dijo Alvar, exhalando un suspiro de alivio, y sonriéndola.

-Es menos grave de lo que parece -Dijo, emitiendo un gruñido, y llevando su mano izquierda a la herida del brazo derecho. Cerró los ojos y murmuró unas palabras. Al retirar la mano, vio que estaba empapada en su propia sangre.

Maleiva, ya recuperándose y con el dolor alejado, escuchó unos pasos metálicos. Al girar la cabeza vio un Cruzado que la miraba con una ceja enarcada. Sin duda la había visto. El soldado se dio cuenta de la mirada de Maleiva, y cambió su expresión.

-Perdón, Señora, no había caído en la cuenta de...

-Da igual, Cruzado, no sucede nada. Muchas gracias por tu ayuda- Intervino bruscamente Alvar-. Dime, ¿Sabes quien demonios puede ser?-preguntó, mientras señalaba al cuerpo con oscuras vestiduras que yacía a un metro de Maleiva.

El Cruzado se acercó, tras colgar de su caballo el mosquete aún humeante, y volteó el cuerpo con el pié, lo que hizo que sonara un leve tintineo metálico. El Cruzado se agachó, y tras abrir la casaca del cadaver descubrió una fina cota de malla que se ceñía al cuerpo.

- Khar- El cruzado lo dijo como si escupiera la palabra-. Esta cota de Malla vale una fortuna.

En el Reino había minas de donde se extraían poderosos mentales. El Corantium de las armaduras Cruzadas de fabricación artesanal, las Polialeaciones de los Metodistas, o el Taggar directamente trabajado del material extraído por los legendarios forjadores de las montañas, eran solo unos pocos de ellos. El Khar era un material realizado mediante una serie de procesos que lo hacían bastante maleable en su fundición, pero con una resistencia muy elevada. De esa manera, con los diseños adecuados, una cota finamente entrelazada pesando poco y siendo muy delgada podía proteger de la peor parte de un impacto de bala, repartiéndolo por todo el torso. El Khar se fabricaba principalmente en la costa, en el Sur, siendo allí muy demandado por comerciantes, navegantes y, desde luego, piratas.

-No era un vulgar ladrón.- Dijo Alvar, observando la destrozada cota de Khar, que tenía un agujero en el pecho. Esto debía de haber dañado su integridad lo suficiente como para que el tiro en la espalda resultara mortal.- Demonios, hay que hablar con las autoridades, para identificarle.

-¿Cuál es tu nombre, Cruzado?- Preguntó Maleiva, intentando incorporándose.

-Hamtar, señora

-¿Que haces por el Universitas? Normalmente no se os ve por aquí.

-Es debido al Oscurecimiento, señora- Dijo, señalando significativamente a donde debería haber estado el sol-. La Guardia del Struam ha tomado el control de todas las Guardias Zonales y las ha repartido y reagrupado, de forma que hay al menos un grupo de guardia de cada tipo en cada zona. Mi sargento nos dispersó para hacer una ronda.

-¿Solos?-Preguntó Alvar

-Sí. Los cruzados realizan parte de sus guardias en solitario. Es complicado sorprendernos, y aunque lo hagan- golpeó el peto de su armadura con un puño enfundado en cota-, es complicado que nos hagan daño. Somos tropas poco numerosas, por lo que de esa forma cubrimos más terreno. Cuando escuché el primer tiro, me dirigí galopando hacia aquí. Pero este distrito es complicado, y no lo conozco. Me temo que tardé demasiado en llegar, pero aun así conseguí acabar con el asesino.

-Me dirigía hacia mis aposentos, cuando escuché los disparos- Dijo Alvar, mientras guardaba su pistola-. Maldita sea... ¿Qué es todo esto, Maleiva, sabes algo?

-¡Solo que me han intentado matar! Luchaba muy bien, y no es un simple rufián. Hamtar, necesito que avises al que esté al cargo de la vigilancia de esta zona, y que venga de inmediato.

-Señora, no me parece prudente dejarles solos. Podría haber otro ataque.

-Sabremos defendernos. No nos podemos quedar los tres parados aquí, hasta que el infierno se congele.-Respondió bruscamente Alvar. El Cruzado dio un respingo ante el juramento. Miró a Maleiva, quien asintió, señalando además, con un gesto, a todos los curiosos que iban llegando, atraídos por la trifulca.

-De acuerdo, señores. Volveré lo antes posible.-Dijo, mientras montaba en su caballo y partía hacia el interior del Universitas al galope.

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