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Bramh

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(Continuación del relato "La época de las Estrellas")

(III) Bramh


El Antiguo Reino es la forma que tienen los historiadores de designar a los dos reinos, el del Este y el del Oeste, antes de su separación. El Antiguo Reino se encontraba situado en la zona costera del sur de un extenso continente. Rodeado por elevadísimas montañas que lo aislaban del resto del continente excepto por un angosto paso de montaña, su desarrollo, tanto tecnológico como cultural fue bastante distinto al del resto de sus vecinos, salvo por unos poco episodios muy determinados pero que, no obstante, influirían tremendamente en su futura historia.


El Paso de Hewland se encontraba cerca de la latitud central del Reino, al Norte y levemente hacia el Este. Debido a su importancia estratégica, también marcaba la vertical de la frontera que separa al Este y al Oeste.

Avanzando hacia el Este desde Hewland, habría que recorrer muchas millas, mientras se gira levemente al sur, para acabar llegando a Lhand’oc y al Palacio Excavado. Si, por el contrario, se girara al Oeste, solo serían necesarios la mitad de días para llegar a La Ciudadela de Montenso, Ciudad Santa del Mensajero y capital del Santo Reino.

No muy lejos del paso, hacia el Este, a unas cuantas millas de las antiguas minas de metal que llevaron el progreso a los primeros colonizadores de estas tierras, se encontraba una pequeña aldea ubicada en un saliente de la montaña al que tan solo se podía acceder por un accidentado camino. En el Magna Vademecum de los Metodistas, cuyo ejemplar de referencia descansaba en las salas del Palacio Excavado, se podían leer unos pocos párrafos acerca de este pueblo:

"Resh, una pequeña población situada cuarenta millas al norte del próspero pueblo de Fundación, posee cerca de cincuenta habitantes, que sobreviven del pastoreo y agricultura de subsistencia, ayudados por el hecho de estar exentos de las rutas de recaudación, debido a su inaccesibilidad geográfica y pequeño tamaño. El único hecho reseñable en su historia fue su rendición a manos del ejército del Struam, siendo así el primer pueblo del Este Eclesiástico en caer bajo el control del Palacio Excavado. Aunque de nula importancia estratégica, este hecho aumentó la moral de las fuerzas del Struam, marcando el punto de inflexión que llevaría a las importantes victorias que condujeron a la firma del Tratado del Paso."

Por otro lado, en las estancias de La Ciudadela de Montenso, en las extensas salas dedicadas a Geografía, los antiguos analistas Eclesiastas escribieron:

"Resh: Población condenada en el 2347 a la muerte a fuego de todos sus habitantes por relaciones con hechicería y con los dioses paganos. Cuando Monseñor Libanne se dirigía a ejecutar la condena, la autoridad local del frente, el Armado Longod, les informó de la rendición del pueblo ante las tropas del Struam, lo que impidió el acceso al mismo por parte del Monseñor y sus hombres. De las diligentes investigaciones emprendidas por el Monseñor, se obtuvieron una decena de culpables, todos relacionados de diversas maneras con el pueblo de Resh. Estos herejes fueron quemados en la hoguera para expiar sus pecados. Entre ellos se encontraba el Armado Longod, acusado de proteger a los habitantes de Resh en contra de los designios de la Ciudadela y encubrir a los traidores entre sus hombres."

El pueblecito, después de tantos años, seguía existiendo como una pequeña comunidad de pastores, agricultores y unos pocos artesanos, al menos en apariencia. Cualquier vecino de Nadham, el pueblo mas cercano, hubiera contado esto mismo a todo aquel que le preguntara, aderezado con unos pocos relatos locales acerca de la soledad de los pastores en lo alto de las montañas y sus pintorescas relaciones con el ganado.

En el centro de Resh se elevaba una vieja fortaleza, de los tiempos Tribales, según opinó una vez un noble de paso versado en estos temas. De aspecto destartalado por fuera, su interior era amplio y cuidado, las paredes pobladas de adornos y grecas, amplios salones con fuentes de agua corriente, enredaderas y amplias bóvedas. Aunque nadie sabe exactamente en que medida, quedaba claro para todos los que lo visitaban que era mucho más amplio por dentro que por fuera, y nadie sabía si la luz que entraba por las vidrieras abovedadas provenía de nuestro Sol o del astro de otro mundo.

Al menos, nadie lo sabía hasta ese momento.

Una figura con ropajes negros recorría apresurada la vacía explanada que había entre la Fortaleza y un grupo de casas. Bramh, con su túnica mal colocada, corría hacia el lugar apresuradamente, con el semblante pálido y desencajado.

Debería ser de día – pensó-. ¿Que demonios pasa aquí?

Además notaba, con ese sexto sentido que él y los de su clase poseían, que algo iba mal, realmente muy mal. Las calles en tinieblas, todavía faltas de actividad, le resultaban más tenebrosas que nunca. La Fortaleza se alzaba oscura e inamovible frente a él, cada vez más cerca.

Abrió las puertas con un gesto y entró en el estrecho y destartalado recibidor. Avanzó por unos serpenteantes pasillos hasta desembocar en una sala bellamente decorada. Desde esa sala giró por un pasillo orientado al Norte, y bajó unas escaleras al final de éste. Con otro gesto de la mano abrió unas grandes puertas dobles, y vio, por primera vez en este día la luz del día.

-Ah, Bramh, pasa. Poco a poco vamos llegando todos -Dijo Ignatus, uno de los magos mas respetados, mientras señalaba a la veintena de magos a su alrededor-. Todos los que estamos en La Fortaleza, se entiende. Deberíamos comunicarnos con el resto, pero será mejor que tengamos cuidado -Paró un momento de hablar, pensativo-. Algo muy extraño está perturbando la poca magia de este mundo, y no sabemos en que puede afectarnos. -Concluyó.

-Maestro, he comenzado a buscar en todos los tratados que tenemos alguna referencia a algo similar. Este mundo no ha conocido un efecto mágico de esta magnitud nunca, por lo que consta en nuestros escritos. Quizá en tiempos legendarios... -Ante un gesto brusco de Ignatus, el recio personaje de barba rojiza y poblada, llamado Neus, se calló.

-No sabemos nada de los tiempos legendarios -Le interrumpió Ignatus-, y ya sabes que Ellos quieren que sea así. No recordamos nuestro periodo de enseñanza salvo en sueños, por ese mismo motivo. Ya sabéis mi opinión: quieren que los magos, en este mundo sean una mera reseña, una cuota simbólica, poco más. Como las mujeres entre los Cruzados.

-Maestro... -Dijo otra voz, vacilante y suave.- ¿Quizá los Disidentes sepan algo acerca de esto? Ellos tienen conocimientos que no están en nuestras manos...

-¡Y por eso son Disidentes!-Dijo Ignatus, con tono cortante.- ¿Acaso quieres poseer esos conocimientos, y ser tu también un disidente? ¿Y no ser capaz ni de encender una cerilla raspándola?

Se levantó el silencio. Una de las partes principales de la historia de la Orden Arcana eran el Cisma y la Disidencia. Se produjo hace mucho tiempo, casi en el origen de la historia escrita, cuando los habitantes del Reino todavía se encontraban en una época de Tribus Feudales y Señores de la Guerra. En aquellos tiempos se produjo algún suceso, algo que no quedó registrado y nadie recuerda, que hizo que una facción de magos se negara a olvidar sus conocimientos e ideas, y se separaran de la Fortaleza y de la Guía superior. Se sabía muy poco de ellos, si es que todavía existían, pues de ser así lo mantenían tan en secreto como la propia Orden Arcana, pero la creencia oficial es que sin la Guía y el Aprendizaje era casi imposible que hubieran mantenido su magia y que la hubieran podido enseñar a sus descendientes. Aún así, se seguía pensando en ellos como si existieran.

La Orden Arcana se mantenía en un absoluto anonimato, estudiando y, fundamentalmente, conservándose. Su única injerencia con el mundo exterior era para traer nuevos adeptos. Unos pocos magos, en una determinada etapa de su vida, se dedicaban a vagar por el Reino para traer un nuevo discípulo, cuya edad al llegar a la Fortaleza no debía superar los nueve años. Una vez el discípulo llegaba, se le daba una formación básica, hasta que cumplía los doce años, momento en el que entraba en el Aprendizaje.

Toda la Orden se Reunía para realizar un rito por el cual el aprendiz era elevado y "Cruzaba la Cúpula". Hasta que transcurrían cuatro años exactos, momento en el cual volvía a aparecer siendo un mago, no se volvía a saber nada de él. Hasta el momento, no se conocía ningún mago que hubiera recordado algo con sentido acerca de esos cuatro años; pero todos volvían con talentos concretos y habilidad para realizar la mayor parte de los rituales. Dedicaban el resto de su vida a profundizar esos dones.

Naturalmente, la Orden también mantenía una estrecha vigilancia en los asuntos mundanos, utilizando principalmente sus poderes y los magos errantes, pero esto era considerado una tarea secundaria, y era una tarea asignada a los magos peor dotados.

Si realmente supieran la verdad se sorprenderían, pensó Bramh. Los Disidentes habían mantenido gran parte de sus poderes, contra todo pronóstico, principalmente porque aprendieron a encontrar los discípulos adecuados. La Orden tiene una serie de rituales e indicios para que un mago errante determine si un objetivo potencial puede ser un mago adecuado o no. Como descubrió la Isas Kabarah -Hermandad de la Verdad, el nombre que los Disidentes se daban a sí mismos-, dicho método conseguía encontrar jóvenes de gran inteligencia, pero de poca aptitud innata para la magia.

La Isas Kabarah, no obstante, cuyo núcleo inicial estaba compuesto de Magos de gran poder, descubrió que su única posibilidad era encontrar gente con gran afinidad para la magia, y enseñarles todo lo que ellos sabían. Para ello debieron prolongar su existencia durante varios siglos pero, finalmente, consiguieron su objetivo.

Poco a poco la Isas Karabah se fue nutriendo de magos naturales, gente que sentía la magia, y aunque gran parte de los ritos se perdieron, se mantuvo una buena parte del conocimiento. Pero lo más sorprendente fue que poco a poco se despertó la capacidad de manipular la realidad directamente, sin utilización de rituales prefijados. Aunque esta capacidad es muy limitada, fue un gran paso, y permitió a la Hermandad fundamentar su creencia y su independencia.

Y aquí estoy yo -Continuó Bramh con su línea de pensamiento-. Mi personalidad fue camuflada mágicamente desde mi nacimiento, y mis auténticas lealtades, las lealtades de mi sangre, ocultas hasta el fin de mi Aprendizaje. Combino lo mejor de ambos mundos: el Aprendizaje y la Voluntad. Y parece ser que ha sido en el momento más adecuado.

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