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El Nuevo día

(continuación del relato "La época de las estrellas")

(II) El Nuevo día

Maleiva se despertó sola, la habitación todavía en penumbras, sentada en el sillón. A pesar de la confusión del despertar, dedujo que no debía llevar mucho tiempo dormida dado que aún no había amanecido. Se levantó y ando hacia la pila de la cocina a lavarse la cara. Tan solo las casas del distrito universitario y las de los más ricos tenían agua corriente, pero dentro de poco tiempo llegaría a todas partes. Al llegar a la cocina vio a Alvar calentando un poco de sidra.

-Iba a despertarte ahora -Dijo con una sonrisa-. Me hubiera gustado verte dormir un rato más, pero me temo que no sería lo adecuado. Luego me habrías matado por no despertarte.

-¿Porque lo dices?- Gruñó, somnolienta- Solo he dormido unos minutos… ¡Ni ha amanecido!

-Eso es lo más gracioso. Has dormido unas tres horas. Y no, no ha amanecido-Dijo Alvar, con cara de interés-. Algo muy extraño acaba de pasar, y pensé que deberíamos ver como se lo está tomando la gente. De momento, me limitaba a calentar un poco de Sidra, para tener algo templado que tomar-Dijo con una mirada significativa-. No todos podemos hacerlo con una sola pasada de la mano.

Maleiva se envaró. Me vio hacerlo anoche, pensó. El uso de poderes sobrenaturales, ya sean de origen divino o arcano, estaba muy mal visto entre los Metodistas por puro principio. Maleiva, no obstante, los heredaba con su familia y enseñanzas, y a menudo estando sola los usaba. Solo eran pequeños trucos, juegos de manos, pero ahorraban un tiempo precioso. Por suerte ella sabía que Alvar no le causaría problemas; podría burlarse un poco de ella, pero eso sería todo. En cierta forma se alegró de la broma. El humor sombrío de la noche anterior no era propio de Alvar y ahora que ya sabían que realmente pasaba algo extraño, había recuperado su actitud de siempre y, lo que es más, se le veía ansioso por averiguar que estaba pasando.

Subió a arreglarse. Se puso algo de ropa de abrigo, un conjunto bastante grueso de pantalones y blusa de un color azul oscuro, y una capa negra. Se calzó sus botas altas de color cuero y bajó las escaleras. Alvar, a su vez, que ya tenía puesta su chaqueta de piel, la esperaba con dos cuencos de sidra especiada, que apuraron rápidamente antes de salir.

El ambiente fuera era bastante extraño. En el Campus había bastante actividad, gente moviéndose hacia las aulas y entre los edificios, casi tanto como de costumbre. Las farolas de gas, un sistema innovador instalado en el Campus y en unos pocos puntos cercanos al distrito del Universitas daban luz al entorno, arrojando algo de normalidad a pesar de que se observaban más milicianos que de costumbre rondando por el Campus.

Los milicianos vestían unos curiosos atuendos oscuros, marrones y verdes principalmente, bastante pegados al cuerpo. También llevaban unos gruesos chalecos destinados a su protección, no tan resistentes como el peto de un cruzado pero mucho más ligeros. De sus cintos colgaban un estoque y una pistola, y en las manos llevaban un mosquete. Eran una fuerza policial bastante formidable formada principalmente por hijos de metodistas de mayor o menor prestigio, sin capacidad intelectual para prosperar más en el complejo mundo académico o mercantil. Debido a esto se consideraban más una guardia de élite que una policía regular dado que todos ellos tenían estudios, eran considerablemente disciplinados y estaban bien entrenados.

Ambos avanzaron por el Campus, en dirección al consejo ejecutivo de la facultad de mecánica, a la que ambos pertenecían. Tras entrar en el complejo avanzaron por los concurridos pasillos, tomaron el ascensor, y llegaron entre chirridos y soplidos a la quinta planta. Allí recorrieron más pasillos hasta llegar a una sala adornada con artefactos mecánicos, algunos con una forma clara y utilidad explícita y otros de formas extrañas e irreconocibles. En el centro de la sala se levantaba una mesa de metal redonda con los bordes dentados, y una gran cantidad de aparatosos asientos metálicos a su alrededor cuya única concesión a la comodidad eran unos refuerzos de seda en el asiento y en el propio respaldo. Alrededor de la mesa se encontraban todos sus colegas, algunos sentados, otros de pie hablando entre sí, incluso alguno paseando pensativo. Un par de ellos interrumpieron su conversación al verles entrar.

-¡Ah! Maleiva, Alvar, me preguntaba dónde estaríais -Dijo el Maestro Jerces, con voz cascada, a la vez que lanzaba un guiño malintencionado en dirección a Maleiva-. Quizá estabais tan absortos en vuestros quehaceres qué no os disteis cuenta que el sol no había aparecido esta mañana a su cita-Una carcajada de su compañero, Stewman, coreó esta última afirmación.

-¡Déjate de tonterías! La situación es bastante preocupante como para andarse con bromas.-Dijo Maleiva, claramente molesta. Alvar y el eran buenos compañeros, de confianza. Nunca había intentado saber si podría haber algo más, aunque era bien consciente de que seguramente merecería la pena intentarlo. Pero Alvar era bastante extraño, inaccesible a su propia manera, al menos para ella. Le miró, viendo que prudentemente, había desviado su atención hacia alguno de los deformes e inútiles, pero repentinamente muy interesantes, adornos de la habitación. Se produjo un incómodo silencio entre los cuatro.

-Bueno, bueno, compañeros, contadme -Dijo Stewman, tratando de relajar el ambiente antes de que Maleiva estallara-, ¿Que opinión tenéis, si es que tenéis alguna, acerca de los interesantes tiempos que estamos viviendo y, más concretamente, de la desaparición del Día?

-¿Que opinión podemos tener? En este tema, poco podemos decir... ¿Habéis hablado con los compañeros de Astrología, para saber si es algún suceso estelar no previsto? -Dijo Alvar, volviendo de su aparente distracción.

-Bueno, me pasé antes por allí-Dijo Stewman-. Era una jaula de grillos, una auténtica locura. Si te asomas, podrás verles a todos apiñados en el tejado. Creo que ninguno tiene ni la más remota idea de lo que puede estar pasando. No parece ser un eclipse.

-Bueno, no se puede decir que ninguno de ellos sea una lumbrera-El tono irónico de Jerces irrumpió de nuevo en la conversación-, ya se sabe, todo ese tiempo mirando al cielo. Podrían poner los pies en la tierra al menos de vez en cuando.

-¿Podríamos poner por una vez de lado las estúpidas diferencias entre facultades?-Dijo Maleiva, con tono cansado- Ahora necesitamos compartir información y cooperar, no pelearnos.

-¿Y que sucede con vuestros Methodum? ¿Funcionan bien?-Dijo Alvar, irritado por la actitud de Jerces.

Todos se miraron mutuamente, como si hubieran estado callando algo discretamente. Para cualquier metodista el Methodum era un orgullo y había que cuidarlo y mantenerlo funcionando, cosa que todos hacían con esmero. Pero, en el caso de los Mecánicos, disciplina decana entre los metodistas, expertos en mecanismos, mantener funcionando su Methodum era algo fundamental, siendo impensable llevarlo estropeado. Seguramente, todos habrían pasado un buen rato esa mañana intentando averiguar que pasaba, y ninguno querría que los demás lo supieran. Los profesores y decanos, a fin de cuentas, son extremadamente orgullosos.

-Efectivamente, jovencito-Jerces le miró desafiante-. ¿El tuyo tampoco funciona?

-No, y el mío tampoco- Intervino Maleiva-. Y por mucho que intentemos arreglarlo, ninguno ha sido capaz. No es mi especialidad, pero Alvar es un maestro en este tipo de mecanismos. Si el no puede, no puede nadie.

-Normalmente yo si podría- Respondió Jerces-, pero no es el caso. Tampoco he conseguido arreglar el mío. No sé que le pasa... es antinatural. Y estoy seguro que a todas estas gallinas cloqueántes -Levantó el dedo para señalar los diversos grupos que hablaban o discutían acerca de lo sucedido- tampoco les funciona su Methodum. Ni un puñetero reloj, en toda la ciudad, dicho sea de paso.

-Lo cual es sumamente curioso, dado que otros mecanismos, como las bombas de gas, o el ascensor, sí funcionan.-Aportó Alvar.

-Fallan los relojes, no sale el sol, y las constelaciones no dicen la hora-Murmuró Maleiva.

-¿Constelaciones? ¿Que tienen que ver con todo esto? -Dijo sorprendido Stewman. A pesar de ser prudente y comedido, era probablemente la persona mas fervientemente atea que Maleiva hubiera conocido.

-Información obtenida de fuentes de la Eclesiarquía -Terció rápidamente Alvar-. Ellos pueden saber la hora en función de las posiciones relativas de las estrellas en el cielo. Es un método arcaico y muy complicado, pero bastante exacto, si sabes hacerlo. Al parecer, tampoco funciona.

-Por lo menos no somos los únicos a los que nos fallan las cosas-Añadió Jerces, mientras Stewman resoplaba-. Es un consuelo.

Un fuerte golpe con cadencia metálica llamó la atención de todos los presentes. Todas las cabezas se volvieron a la presidencia de la mesa, donde el Archidecano Mecánico se encontraba ya sentado, y los presentes se apresuraron a tomar asiento en sus respectivos sitios. Maleiva se sentó en un escaño improvisado, dado que todavía no era maestra. No obstante, tenía derecho a asistir como la principal representante de Macromecánica, una nueva disciplina todavía en vías de instauración. Cerca de setenta voces callaron a un tiempo.

Tras el Archidecano se encontraba de pie, imponente, un guardia del Struam, embutido en su armadura de color rojo sangre, que recordaba a la de los Cruzados, pero con un aspecto mucho más siniestro. El guardia llevaba su casco en la mano, y la impresión general que daba es que no estaba ahí solo para proteger, sino como delegado del Struam. A diferencia de otros grupos militares, los Guardias del Struam solían ser aptos políticos, además de diestros luchadores, y muchos de ellos ascendían a la nobleza al terminar servicio. No solo eran guerreros, sino también administradores y diplomáticos. El pelo del guardia era ralo y negro, como su corta barba. Aparentaba unos treinta y cinco años, pero era posible que tuviera algunos más. Una Thaika pendía de su costado, una de las espadas más temibles y complicadas de manejar que se habían conocido.

-Bien, caballeros-El archimago carraspeó. No es que estuviera senil, pero setenta y dos años eran muchos, y una crisis como esta era complicada de asumir-, espero que estén todos presentes. Si alguno falta no deberá ser informado por nadie de esta reunión, salvo por mí. El delegado del Struam, Deckard -Hizo un gesto en dirección al Guardia, que a su vez correspondió con un asentimiento de cabeza-, me ha pedido máxima discreción. En este momento están reunidos, a su vez, un grupo de la Facultad de Astrología, también con un delegado del Struam. Otras facultades están reunidas más informalmente...

-Perdón, Archidecano-Interrumpió uno de los asistentes-, ¿Porque solo nosotros y los Astrólogos tenemos que deliberar delante del delegado?

Maldita sea, pensó Maleiva. Ahí tienes un genio capaz de realizar cálculos y deducciones sorprendentes, y pregunta esta estupidez. A veces se sorprendía de que la Universitas se mantuviera unida y no se desperdigara en fragmentos por todas partes. Lo cierto es que normalmente estaba muy cerca de ello, debido a la tendencia antisocial de la mayoría de los académicos.

-Eso es debido, Profesor -Contestó el enviado del Struam en tono tranquilo-, a que las principales irregularidades se están dando en sus respectivos campos. El sol no sale -Señaló ostensiblemente en la dirección de la facultad de Astrología, donde todavía podía verse cierta agitación en la terraza, principalmente el rastro de la luz de las linternas de mano que portaban los eruditos- y los relojes no funcionan. El Struam pone toda su confianza en los sabios de la Universitas para que averigüen todo lo posible.-Terminó, con gesto franco, y tono sincero.

Un buen diplomático, no cabe duda, -pensó Maleiva-. Aunque no me gustaría estar en combate frente a esa espada -La malévola empuñadura parecía mirarle a los ojos. -Será mejor que me relaje. Estoy muy tensa y también agotada, solo he dormido tres horas.

-Bien, Decano Shaft- continuó el Archidecano -, ¿Qué nos puede decir acerca del mal funcionamiento de los relojes?

-Lo primero que he podido comprobar es que las tensiones oscilan incomprensiblemente -Comenzó a hablar el Decano de Mecanismos-. Se aplique el tipo de fuerza que se aplique, los mecanismos no la transmiten correctamente, aun estando totalmente ajustados. Además esta variación es de orden aleatorio, sin poder averiguar relación alguna de causalidad o alguna secuencia concreta. Sabemos que este efecto se produce en todo tipo de relojes independientemente del tamaño, puesto que hasta ha sucedido en el reloj de la sala del trono del Struam. De allí vengo ahora mismo, tras hablar con el maestro relojero de palacio. El ha observado los mismos efectos que yo: Una fuerza aplicada con vector aleatorio en puntos inconcretos del mecanismo que altera su funcionalidad.

-En resumen, que no tenéis ni puñetera idea-Dijo Jerces con tono brusco-. Lo que me imaginaba.

Un coro de risas nerviosas se elevó entre los presentes, hasta que una dura mirada del Archidecano les calló.

-Muchas gracias por su inestimable aportación, Maestro Jerces. Me alegro de saber que está con nosotros. Ahora, para continuar, me gustaría conocer la opinión del Decano de Fuerzas…

El consejo continuó por varias horas, básicamente con las mismas conclusiones. El delegado del Struam permaneció impertérrito, tomando la palabra en muy pocas ocasiones. Como era de esperar nadie mencionó que no se pudiera leer la hora en las estrellas; que se comente en un círculo reducido como anécdota es posible, pero nadie concebiría comentar algo acerca de una costumbre tan rudimentaria en una reunión de consejo con todos sus ilustres camaradas escuchándole atentamente, ante el Archidecano y un delegado del Struam.

A duras penas Maleiva consiguió mantener los ojos abiertos. Alvar aportó únicamente información de cuando pensaba que había comenzado todo: escuchó su reloj de pared a la hora prima; luego, el silencio. Por lo tanto, el suceso se produjo en algún momento entre la hora prima y la segunda. Aparte de esto, no dijo nada más en toda la reunión, si bien Maleiva pudo observar algunas miradas preocupadas de Alvar hacia ella.
Tags: la época de las estrellas, relatos
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