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La última madrugada

 
(Comienzo del relato "La época de las estrellas")

 (I)    La última madrugada

La noche se sentía inquieta, expectante, como si el mismo universo contuviera el aliento. Los árboles colgantes de Lhand’oc se movían en direcciones dispares, mecidos por una suave, pero  desconcertante brisa, mientras las estrellas se perfilaban más frías y ajenas que nunca sobre el contorno rocoso del Palacio Excavado, capital del reino.

Alvar Alec observaba todo esto, solo en parte consciente de ello. Una extraña inquietud recorría su interior desde hacía ya algún tiempo. Procuraba evitar esas punzadas premonitorias, adjudicándolas a algún malestar relacionado con los humores corporales. Era un  metodista, por lo que su visión del mundo era objetiva, certera, basada en hechos y no en supersticiones. Su creencia más arraigada era que el mundo debía de ser de una determinada manera, ordenada, alejada de los caprichos de los Dioses y las locuras de los hechiceros.

De su bolsillo del chaleco pendía una cadena dorada terminada en un ornado reloj, con todos los mecanismos a la vista. Este era el Methodum, símbolo de su orden y distintivo por el que se reconocían. Lo había llevado durante la mayor parte de su vida, desde que se lo dieron al comienzo de sus estudios formales, hacía ya veinte años Entonces era un niño de apenas ocho años, vagamente consciente de lo que significaba ese regalo.

Alvar se incorporó, se separó de la ventana y se alisó el arrugado chaleco por encima de la  camisa blanca y holgada y de sus ajustados pantalones grises. Comprobó que su coleta no estaba demasiado estropeada, la centró con un ademán nacido de la costumbre, dejando caer la mata de pelo rubio a su  espalda, y volvió a su mesa. Allí se encontraban extendidas diversas herramientas y piezas de relojería: engranajes, cadenas y cordeles, correas, tornillos... todo ordenado meticulosamente.

Era  un experto mecánico y conocedor de gran parte de los secretos del Arte, por ello, cuando unas horas antes comprobó que el reloj de la entrada de su casa había dejado de funcionar, no dudó en repararlo sin mayor demora.

Tras varias horas trabajando en su pequeño taller casero, estaba realmente confuso. Era consciente de que todas las piezas estaban en su sitio, yhabía realizado los ajustes y comprobaciones de rigor, no obstante, el reloj seguía sin funcionar correctamente. No lo entendía, y por ello decidió intentar hallar el problema usando su Methodum, uno de los mecanismos más exactos y afinados de los que disponía, a fin de comprobar las diferencias.

Para su asombro descubrió que tampoco funcionaba correctamente. Se separó de la mesa, confuso, tomó su estoque y su pistola y se dirigió hacia el portal de su pequeña mansión. Ya bajo el frío de la noche, mientras se abrigaba en su chaqueta de piel, avanzó hacia el campus del Universitas, a solo unas pocas calles de distancia. Cuando llegó, giró hacia un grupo de casas cerca de la falda de la montaña, y tras dirigirse a una de ellas llamó a la puerta.




Maleiva Arconte, a sus veintitrés años, era la oveja negra de su familia. Descendía de una antigua casta Eclesiarcal que, como todas las de su estilo, desaprobaba profundamente el Metodismo. No obstante en el Este, dominado por el Struam -cargo hereditario equivalente a Rey o Emperador-, la Eclesiarquia estaba en pleno declive mientras que el metodismo recibía un gran apoyo del gobierno. Maleiva, de carácter decidido ya de joven, era consciente de su entorno y decidió que este sería su camino, y no servir a una deidad casi olvidada, alejada de la fama, gloria y poder. Durante gran parte de su vida había sido una estudiante Metodista especialmente brillante e innovadora, hasta el punto de llegar a ser casi una Maestra en Macromecánica.

No obstante, toda una juventud de enseñanzas religiosas dejan marca, y por ello esta noche su inquietud iba en aumento. Conocía, aunque a veces deseara no hacerlo, el Aposthata, el libro donde se narraban los castigos del olvido a Dios, y los signos de esta noche eran muy característicos, hasta tal punto que hacían mínimamente creíbles las soflamas de los representantes eclesiarcales y cruzados que quedaban en el Este.

Escuchó unos golpes sordos, procedentes de la aldaba de su puerta; le resulto muy extraño a esas altas horas de la noche, y casi sin ser consciente de ello se levantó de la cama a mirar el reloj que tenía en el bolsillo de su chaleco, precariamente colgado de una silla. Arrugó el ceño, extrañada porque la aguja del segundero se movía erráticamente por toda la esfera. Ya más despierta, miró por la ventana intentando calcular la hora a partir de las constelaciones, otra herencia de su enseñanza religiosa, y con un sobresalto se dio cuenta que algo iba mal: las posiciones de las estrellas no eran las correctas. No pudo calcular la hora porque la configuración de las estrellas no era la correcta para la estación en curso.

Se puso unos pantalones y una camisa negra de lino, y bajó las escaleras con una pistola en la mano para ver quien llamaba a esas horas. Entreabrió un poco la puerta y tras mirar por la rendija la abrió del todo:

-¡Alvar! ¿Que haces aquí a estas horas? -Preguntó, con voz ronca y tono sorprendido- ¿Ha sucedido algo?
-Sí, creo que sí. Sé que pasa algo raro, aunque no tenga ni idea de lo que es- La miró a los ojos, y dijo sonriendo-. ¿Me dejas entrar?

Maleiva se apartó de la puerta, y tras dejar pasar a Alvar, la cerró. Se dirigió tras él hacia el salón de la chimenea, y se sentaron en dos sillones, uno en frente del otro, con los escasos rescoldos del ya apagado fuego coloreando de rojo los rostros de ambos.

Maleiva era una joven atractiva, de pelo claro, rasgos bien proporcionados, labios hermosos y  bella voz. Su rostro era casi el de una niña, aunque su cuerpo denotaba su auténtica edad. Era bastante delgada, y estaba en buena forma. También solía ser muy expresiva, y en ese momento, estando los dos ante el fuego, la preocupación y la sorpresa se podían ver a partes iguales reflejadas en su rostro.

-El hecho de que vengas a verme, sin avisar, y a estas horas… No es propio de ti -Concluyó, esperando explicaciones.
-Quizá he actuado un poco impulsivamente-Dijo Alvar tras un prolongado silencio, en el que puso en orden sus pensamientos-, estoy bastante inquieto. Dime, ¿Tu Methodum funciona correctamente?
-No-Dijo Maleiva, mirando inconscientemente hacia su habitación, en el piso de arriba, donde reposaba el reloj-. Hace un momento lo he mirado; el segundero se movía errático. Me extrañó bastante, pero todos sabemos que la maquinaria se estropea.
-No si está bien hecha y cuidada, Maleiva, lo sabes bien. Quizá tus grandes maquinarias si, con toda esa fricción e inercia que tienen que soportar. Pero no un pequeño y exacto mecanismo, como un Methodum... ¿Que antigüedad tiene?
-Un par de años. No tenía de quien heredar uno. -Esto lo dijo con un cierto aire de resignación. Entre los metodistas, como en el resto de los aspectos de la sociedad, la herencia pesaba mucho. El Methodum de Alvar pertenecía a la familia Alec desde hacía cientos de años.
-No te preocupes, sabes que eso me da igual. Pero el mío tampoco funciona correctamente, y tampoco el reloj de la entrada de mi casa. Esto no es normal en absoluto. Por eso estoy tan preocupado.
-Quizá estés exagerando... no creo que sea tan importante-Dijo Maleiva, aunque con su tono parecía indicar algo distinto. Estaba pensando en la posición de las constelaciones. A pesar de formar parte de la enseñanza Eclesiástica, el conocer la hora a partir de las estrellas era una disciplina astrológica y, por lo tanto, totalmente aceptable para un metodista-. Aunque, para serte sincero, he intentado calcular la hora a partir de las constelaciones, y no he sido capaz. Están mal, Alvar.
-¿Mal? ¿A que te refieres? ¿Como puede estar mal una constelación?
-No lo se. Pero conozco todos los periodos, las efemérides, y recuerdo todas las tablas, tras largos años de aprendizaje. Y las posiciones relativas de la constelación de la Balanza y el Peso no están correctas. Parecen indicar que estamos en primavera, y fuera décima hora, pero aun así, la constelación del Hechicero no se corresponde. Es todo muy extraño.

La conversación se fue apagando poco a poco. Sin más datos que aportar, ni ideas acerca de los ya existentes, ambos se quedaron pensativos, mirando a los apagados rescoldos, sentados en los sillones. En algún momento, Maleiva se levantó y sirvió dos copas de vino aromático, que calentó con un gesto de su mano. También se sentó más cerca de Alvar, y además de mirar los rescoldos, también se miraban, en ocasiones, a los ojos.





Una figura avanzaba por las calles, todavía oscuras. Su caballo, un rocín blanco con la marca Admonitoria en la frente, ya comenzaba a acusar el cansancio de la patrulla de varias horas por las pedregosas y empinadas callejuelas del Glorium, el distrito más cercano a las autoridades religiosas. El poderoso caballo y su jinete, embutido en una abultada armadura de un color blanco apagado, formaban una imponente estampa. De los laterales del caballo colgaban una espada larga y un mosquete, ambas armas bien conocidas por los Cruzados.

A pesar de que los nobles consideraban las pesadas armaduras corporales molestas y nada elegantes, los Cruzados eclesiásticos las llevaban tanto por tradición como por la clara ventaja que otorgaban en combate. El resistente metal fabricado siguiendo los secretos ancestrales de los mejores artesanos del Reino no solo era capaz de evitar un golpe mortal a su portador con una espada o un hacha, sino que también podía llegar a parar una saeta de ballesta o, incluso, una bala de pistola o mosquete, si estaba lo bastante lejos.

El Cruzado se llamaba Hamtar, hijo de una familia antigua en la Eclesiarquia que había vivido desde tiempos inmemoriales en Lhand’oc, capital de los Reinos del Este. Su familia había tenido tiempos oscuros, durante las Guerras Sacras, en los que tuvo que esconderse de las autoridades del Struam, pero superaron todo con la cabeza alta, y orgullosos.

Desde entonces hasta hoy habían reinado casi cien años de estabilidad. Ambos Reinos, aunque separados, habían necesitado el uno del otro para sobrevivir a amenazas exteriores, y eso había provocado una cierta permisividad que se traducía tanto en la existencia de Elesiastas en el Este como de Metodistas en el Oeste. Hamtar, que se había criado a las puertas del Palacio Excavado, y en cambio había estado pocas veces en La Ciudadela de Montenso, capital Sagrada del Oeste, no había sido tan afectado como la mayor parte de los Eclesiastas por los prejuicios de su condición, aun a sus cuarenta y pocos años. También era consciente de que aunque gran parte de sus preceptos estaban equivocados, los Metodistas hacían cosas buenas y útiles para la gente. Intentar desentrañar profanamente los misterios de Dios era una blasfemia, pero hay que reconocer que el calentador de gas, inventado recientemente por el profesor Steinberg,  era un artefacto muy útil.

-O un reloj –Se lamentó en voz baja, vocalizando sus pensamientos -, para saber cuanto tiempo me falta de esta interminable guardia. Parece que nunca va a amanecer...

La indumentaria y equipamiento de un Cruzado estaban estrictamente regulados, habiéndose variado pocas veces a lo largo de los siglos. La última vez fue hace algo más de cincuenta años, para sustituir la ballesta por el mucho más práctico mosquete. Por supuesto, los Cruzados no adoptaban ningún artefacto metodista que no fuera imprescindible para su misión. Evidentemente, el reloj no figuraba en esta categoría.

Dirigió a su caballo hacia una plaza cercana, donde sabía que existía un reloj. Aunque el Glorium era muy reacio a los artefactos metodistas, un Struam de hace mucho tiempo había dictado que en todas las plazas debería haber un reloj. Aunque tardaron muchos años, los habitantes del Glorium acabaron aceptando que un barrio sin plazas es, básicamente, inhabitable, y cesaron en su política de eliminar las plazas construyendo  un edificio, ya fuera de utilidad pública o una vivienda privada, en su centro. A raíz de ello, aunque en el Glorium no había demasiadas plazas, había algunas, y, por supuesto, tenían reloj.

Al llegar a la plaza, se fue acercando al artefacto, y observó las manecillas. No solo tenían la hora décima, lo cual era erróneo a todas luces, sino que la manecilla de los minutos se movía hacia atrás. Vio un grupo de Cruzados a lomos de sus caballos, compañeros de guardia, en el centro de la plaza.

-Saludos, hermano Hamtar-Dijo su inmediato superior, el Cabo Douce-. Ven, y disfruta con nosotros la gloria del Metodismo, la perfección de su funcionamiento.
-Tan exacto como la justicia de Dios -Dijo otro Cruzado, Onon, parafraseando una célebre frase de un metodista, lo que le valió una mirada reprobatoria de Douce.
-Lo que sucede es... -Dudó Hamtar- ¿No os da la impresión de que llevamos demasiado tiempo de guardia?

Un coro de risas le contestó, y se fue callando mientras los cruzados hacían comentarios chistosos acerca de lo largo y desagradable de las guardias, aunque Douce se mantuvo en silencio.

-He enviado a Enoia a ver que sucede con el reemplazo de guardia. Sin reloj no hay forma de saber la hora, y soy incapaz de leerla de las estrellas, aunque nunca fui muy diestro en eso. Se supone que la guardia terminaba en hora sexta, poco antes de amanecer, y creo que ya debería haber terminado- Dijo Douce, al fin.

Su rostro se veía preocupado. Veinte años de guardias eran muchos, y el cuerpo se acostumbraba a ellas. Y el sentido temporal, también. A Hamtar le dio la sensación de que el cabo estaba realmente preocupado. ¿Sabría algo que él ignoraba?
Tags: la época de las estrellas, relatos
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